La enfermedad del cuerpo humano no puede, ni debe ser pensada como un hecho aislado en donde sólo juegan un papel la genética y ciertos hábitos alimenticios. Es un hecho, que lleva consigo también, factores que están arraigados en nuestra psiquis y emociones que juegan un papel muy importante en el desarrollo de la enfermedad cuando, de manera consciente o inconsciente, la somatizamos.

A cuatro años de la muerte de mi madre

La enfermedad y muerte de mi madre ha sido una de las más grandes enseñanzas que la vida tenía preparada para mi, y hoy, a los cuatro años de su fallecimiento, apenas he aprendido a soltar lo que su presencia significaba para mi.

No sabía que no lo había hecho, no sabía que debía, y no sabía cómo.

Haberme enfrentado con el proceso, de hecho hizo que, a partir de ahí, comenzara una parte de mi sanación mental y física que la muerte de una madre a veces puede significar, o que realmente significa.

Algunos cercanos a mi no tienen idea de mi proceso, y es que, me supongo, que cada uno tiene el suyo propio, pero yo decidí buscar ayuda psicológica puesto que, eventos que me marcaron en el 2019, abrieron una puerta que me di cuenta estaban muy ligados con la memoria de mi madre no resuelta.

Fue a través de un caos, que fue el sello distintivo del 2019, en donde se me diagnosticó la misma enfermedad de ella, que entendí que aún estaba en un duelo no resuelto, y que eso, me había traído literalmente este azote a mi cuerpo y mente.

Además, no sólo fue el diagnóstico de esta enfermedad autoinmune, sino otros aspectos de mi salud, que estaban imitando a algunos que mi madre tuvo también cuando vivía.

Algunos podrán decir que es genética, sin embargo, sólo un 25 % de posibilidades existen de que la genética actúe, el otro 75% es medio ambiente: dieta, estrés, toxicidad, y yo diría que en ese porciento juegan un papel importantísimo, las emociones no resueltas.

Ella era una luz simple que, simplemente era mi madre

Creo que nunca podré saber o caer en cuenta de algunos aspectos que mi madre era, porque ella misma seguramente los reprimió, pero no dudo que ella pudo haber sido lo que hubiera querido, si se lo hubiera propuesto.

Sin embargo, los tiempos y sus circunstancias eran otras, entonces.

Su destino, era uno simple. Pareciera como que, de seguir la corriente sin pretender mucho. No estaba en su aprendizaje desde niña, en sus lecciones de vida ni en sus ambiciones personales.

Sea como ella haya sido, con sus virtudes y defectos, ella fue mi madre y cuando murió, una parte de mi murió también que no supe procesar.

Ella estuvo 50 años de mi vida.

No importa lo simple o lo poco profunda que pensaba que era mi relación con ella, tardé, años después de su muerte en darme cuenta, que fue arraigada a cada átomo de lo que soy, porque su presencia diaria formó una parte de mi historia personal:

Me dio la vida, me conoció desde el primer día de mi existencia en este mundo, me crio, me cambió pañales, me oyó llorar por primera vez, se levantó a atenderme de noche, me alimentó, cuidó y educó según su entendimiento, me llevó a consultar con médicos, me inscribió en escuelas, me llevó a fiestas infantiles, lidió con las peleas mías y mis hermanos, me cuidó en la playa cuando me llevaban de vacaciones, me regaló cosas, me organizó piñatas, me compró vestidos, me enseñó a hacer comidas, me acompañó a eventos, lloró mis impertinencias y decepcionó por mis errores.

Me dio todo para una supervivencia exitosa.

Ella, sobre todo, me abrió las puertas de su casa siempre. Cuidaba de mis hijos y justo a través de ellos fue que, por primera vez, reconocí un afecto cariñoso que solía usar pocas veces con sus propios críos. No es que fuera insensible, es que era poco demostrativa y no fluía la comunicación cada vez que se trataban asuntos que tocaban la sensibilidad. A ella no le gustaba.

Sí, dije que ella lloró mis impertinencias. Yo, era alguien que también estuvo en la misión de aprender a como manejar sus propias circunstancias que nunca vinieron en el manual de instrucciones, porque no lo hubo. Me revelaba como la mujer que sabe revelarse en su propio tiempo, era la hija que no vivió el tiempo de ella y tampoco sabía cómo comunicarse con ella.

Su muerte me fue una lección que no estaba preparada digerir y tardé años en darme cuenta de que no sabía como decirle adiós a toda esa historia que las dos tejimos en mi vida, en mi mente, en mi cuerpo y en todo lo que soy.

La muerte de un ser inmediato, como lo es la madre, es realmente un evento fuerte, no estás preparado para eso, deja heridas que, si no sanan, la energía contenida se queda encarcelada con culpas, tristeza, “hubieras”, dolor, mucha confusión y hasta enfermedad.

Somatizar el cuerpo debido a culpas innecesarias

Cuántas cosas que no expresamos mutuamente desde el corazón por desconocer cómo hacerlo, por falta de entendimiento, pero era nuestra propia circunstancia como madre e hija, las cosas hasta ahí alcanzaban, hasta lo simple y llano de la vida, pero era lo que había.

No terminar de expresar esas cosas con ella me enfermó los años después de su muerte.

Sin saberlo, somaticé esos silencios que jamás pudieron liberarse, sentí culpas enormes que no debía, justifiqué cosas que no tenían porqué ser justificadas, lamenté cosas que no me correspondía y lloré lágrimas de impotencia al ver su imagen de desesperanza en el lecho de su muerte.

Estaba ahogando todo eso calladamente dentro de mi, pensando que el tiempo se haría cargo, pero no sabía que, mientras el tiempo pasaba, y no resolvía el duelo al recordarla con dolor, alentaba a mi cuerpo a manifestar la enfermedad.

Manifesté la artritis reumatoide que le complicó la salud llevándola a la muerte; manifesté los miomas uterinos que la habían llevado a la anemia, igual que yo; manifesté un quiste que ella tuvo en el mismo lugar en la espalda. Estaba claro que estas manifestaciones no eran meramente eventos aislados de la genética, pero no sabía cómo descifrarlos.

La muerte de frente

Las vivencias antes y después de su muerte y otras situaciones en mi vida que sucedían al mismo tiempo, marcaron una gran diferencia en mi proceso de crecimiento como ser humano que, con dolor, me ayudaron a finalmente madurar y aceptar tantos miedos que había estado cargando por años, entre ellos el miedo a la muerte.

Me había topado con el tema de la muerte de una manera inesperada con personas que habían marcado y marcaban una época de mi vida, pero fue la muerte de mi madre quien me hizo verla de frente y temblar por el enorme misterio sin resolver que es para mi propia conciencia.

Aún estoy en proceso de asumirla como algo inevitable que es parte de todos y creo que me siento un poco más preparada en aceptarla.

Fue en mi terapia que me di cuenta de ese miedo desconocido que me produjo ver muerto por primera vez a alguien muy cercano a mi.

Ese día, no podía entender cómo ese ser, que era parte de una historia mía muy importante, alguien que había contribuido de una manera tan enorme a ser lo que yo era, se había ido, ya nunca estaría, esa historia terminaba, y yo no sabía que hacer de ahí en más.

Mi madre yacía ahí, en la cama, inerte, era su cuerpo, pero ya no estaba ahí, era difícil entender cómo había partido. Con lágrimas y tristeza sentía que, con ella, se arrancaba de mi cuerpo y mente una parte mía también que no sabía cómo rescatar inmediatamente.

Pero, pasó el tiempo y mi dolor se estancó. Yo sentía culpas, sentía una profunda lástima al pensarla impotente, vulnerable y frágil… incapaz. Al pensarla sin ninguna pista de lo que le sucedía realmente a su cuerpo. De pensarla entregada, fría como solía ser algunas veces, a la muerte, sin tiempo para hacer un recuento de su vida, de sus propias cosas inconclusas, de nada.

De verla con una máscara que no le permitió descansar, dormir, aunque sea un poco, de tantas cosas que hoy no me salen las palabras para decir porque no las hay.

Eso provocó que me autocastigara a través de la enfermedad por no aceptar con agradecimiento y dignidad su partida, por no aceptar que todo lo que se había hecho, es lo que se podía haber hecho.

El adiós final y el comienzo hacia mi salud

He estado en terapia por casi un año y fue a final del 2019 que pude escuchar lo que no había podido escuchar de mi dolor estos años.

Estoy en la parte final de poderle decir adiós bajo mis propios alcances y entendimiento de lo que, se supone, esto debe ser para seguir con mi vida.

Sí, seguir con la vida, y recuperar mi historia con mi madre de manera sana y feliz, pero viviendo mi propia historia recordándola en mi memoria con una sonrisa y sin dolor, y en medio de este entendimiento, recuperando a la vez mi salud de manera eficiente.

Creo que mi decisión de sanar este asunto ha ayudado con mi salud. El trabajo de hablarlo, reflexionarlo, verlo una y otra vez y hacer que surgieran emociones que me hicieron dar cuenta del autocastigo que me infringía, cerraron una puerta que no sabía como cerrar.

Hace dos días obtuve en mis análisis el valor más bajo de anticuerpos de esta enfermedad que yo misma me manifesté.

Y estoy orgullosa de mi.

raíz emocional

Romper las cadenas de dolor de una línea de generaciones

El trabajo ha sido enorme, pero estoy decidida a sanar cualquier historia que conecta a la genética y línea generacional de mi madre y que podía haberse estado extendiendo conmigo.

Una misma enfermedad o enfermedades producidas por emociones no resueltas, no habladas, suele ser transmitido generacional y culturalmente en la misma línea genética, pero puede ser detenido por una generación que despierte y se de cuenta de que no tiene porqué seguir.

Y a través mío quiero imaginar que esa cadena de dolor ha sido rota y sanada. Quiero también imaginarme a mi madre sana a través de mi. Me hace feliz.

La sanación mental, física y espiritual depende de que estés listo para quererla y qué tan dispuesto estás a escucharte a ti mismo en ese proceso, porque nadie ni nada es el culpable o responsable de lo que te sucede, más que la fuerza que tu mismo le das a tus pensamientos y sentimientos en el proceso de tu vida.

Todos en este mundo necesitamos sanar de esa manera. Todos.

La muerte de mi mamá, del ser que me acompañó en las buenas y las malas, en la conciencia o inconciencia, en la salud y la enfermedad, me ha dado muchísima enseñanza.

Como no iba a ser así, era mi madre.

Sobre mí

Tay Cuéllar

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